El peso de llamarse feminista

por Leona Corrales

El 8 de marzo siempre llega con fuerza. Con consignas. Con velas. Con rabia. Con memoria.

Y también —aunque pocas lo digamos— con un peso encima.

Nombrarse feminista no debería doler. Pero a veces pesa.

Pesa porque cuando dices “soy feminista”, pareciera que automáticamente firmas un contrato de perfección. Como si dejaras de ser humana. Como si ya no pudieras equivocarte. Como si tus contradicciones anularan tu lucha.

Como activista feminista, he sentido ese juicio constante. Desde afuera —y a veces desde adentro del propio movimiento— existe esta expectativa de que la feminista es una mujer impecable: que no reproduce ningún micromachismo, que no duda, que no cae, que no se contradice, que no tiene inseguridades, que no desea cambiar algo de su cuerpo, que no se equivoca.

Y eso, curiosamente, se parece demasiado al mandato patriarcal de la mujer perfecta.

Nos dijeron que teníamos que ser buenas hijas, buenas parejas, buenas madres, buenas trabajadoras. Ahora pareciera que también tenemos que ser “buenas feministas” en una versión casi inalcanzable.

Pero el feminismo no nació para fabricar santas.

El feminismo nació porque estamos hartas de vivir con miedo. Porque queremos igualdad de condiciones. Porque queremos existir sin violencia. Porque queremos que nuestras vidas valgan lo mismo que cualquier otra.

No nació para exigir pureza moral.

A veces invito a otras mujeres a amar su cuerpo tal como es… y hay días en que yo misma me miro con dureza.

Hablo de resignificar la edad… y también uso cremas en la cara.

Defiendo la libertad sobre nuestros cuerpos… y no descarto que algún día me haga un procedimiento estético.

¿Eso me quita lo feminista?

Si el feminismo significa ser una mujer sin contradicciones, entonces nadie podría llamarse así.

Pero si el feminismo significa cuestionar el sistema que nos enseñó a odiarnos, aunque todavía estemos desaprendiendo… entonces ahí estamos muchas.

La deconstrucción no es una línea recta. No es inmediata. No es limpia. Es incómoda. Es lenta. Es personal y colectiva al mismo tiempo.

Y sí, a veces también nos equivocamos entre nosotras. A veces hablamos mal de otra mujer. A veces no somos tan sororas como quisiéramos. A veces reaccionamos desde heridas que aún no sanan.

Pero reconocerlo no nos expulsa del feminismo.

Reconocerlo es parte del proceso.

Lo peligroso no es fallar. Lo peligroso sería no cuestionarnos nunca.

Creo que muchas chicas no se nombran feministas porque sienten que no “dan el ancho”. Porque creen que primero deben alcanzar un estándar moral imposible. Porque piensan que si aún tienen machismos internalizados —como todas, porque crecimos en esta cultura— entonces no son dignas del nombre.

Y eso también es violencia simbólica.

foto por Martha Ley

El feminismo no es un club exclusivo de mujeres perfectas. Es un movimiento de mujeres reales. Con historia. Con contradicciones. Con heridas. Con aprendizajes en proceso.

No se trata de no errar nunca.

Se trata de no dañar a propósito.

Se trata de querer justicia.

Se trata de querer vivir libres y seguras.

Se trata de avanzar, aunque sea paso a paso.

Tal vez este marzo también podríamos hablar de eso:

del derecho a ser feministas imperfectas.

Porque la perfección siempre fue una herramienta de control.

Y liberarnos también implica liberarnos de esa exigencia.

Nombrarme feminista no significa que ya llegué.

Significa que decidí caminar.

Y eso, aunque pese a veces, sigue valiendo la pena.


Descubre más desde entre líneas

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario en “El peso de llamarse feminista

nos gustaría saber tu opinión