El costo invisible de vivir alerta

Por Mar Talamantes

Vivir en alerta no siempre implica estar frente a una amenaza evidente o inmediata. En muchos casos, esta alerta es silenciosa, cotidiana, persistente, y tiene más que ver con la precarización que con un peligro de vida muerte (o al menos eso es lo que parece). Es la sensación constante de inestabilidad, de no saber si el dinero alcanzará, de temer perder el empleo, pagar una renta, de no poder enfermarse, descansar o detenerse porque hacerlo implicaría no ganar, estar estresada 24/7 es una de las implicaciones de vivir al día, de la precarización. Esta forma de vivir impacta profundamente la salud física y mental, aunque no siempre se reconozca.

La precarización no se limita a la carencia económica. También se expresa en contratos temporales, sueldos mínimos e insuficientes, falta de seguridad social, jornadas extensas o múltiples y una vida organizada en torno a la supervivencia diaria. Aunque desde fuera muchas personas parecen funcionales y resilientes, por dentro viven con una tensión constante. El cuerpo y la mente permanecen en estado de alerta, como si en cualquier momento fuera necesario reaccionar ante una emergencia. Esta activación permanente del sistema nervioso genera ansiedad, dificultad para descansar, irritabilidad, agotamiento crónico y una sensación persistente de cansancio que no se alivia con el sueño.

Uno de los efectos más dañinos de esta alerta sostenida es la normalización del malestar. Se aprende a vivir cansada, a rendir aun sin energía, a minimizar las propias necesidades y malestares del cuerpo. Aparece entonces la culpa por sentirse mal: la idea de que no hay razones suficientes para estar agotada, triste o estresada, porque —“hay personas peor” o porque “al menos hay trabajo”—. Sin embargo, la precarización no solo quita recursos materiales, también quita estabilidad, calma y por consiguiente, salud.

En este contexto, los discursos actuales sobre autocuidado resultan insuficientes y sumamente limitados. Recomendar disciplina, pensamiento positivo o prácticas individuales de bienestar puede ser útil, pero no resuelve el impacto de vivir sin certezas. No es posible sostener la calma de manera constante cuando el futuro inmediato es incierto. La salud mental no depende únicamente de decisiones personales, sino también de las condiciones externas en las que se desarrolla cada individuo. Pretender que el bienestar es solo una responsabilidad individual termina por invisibilizar causas estructurales que condicionan profundamente la salud de las personas, y por otro lado, causan como efecto secundario culpa por no lograr esta expectativa social de tener que sentirse bien a toda costa.

Nombrar la precarización como un factor que afecta la salud es, en sí mismo, una forma de cuidado radical. Reconocer que el cansancio no es debilidad, sino una respuesta a un contexto exigente e inestable, permite aliviar la autoexigencia y abrir la posibilidad de una mirada más compasiva hacia una misma y hacia las demás. Cuidar la salud, en estos escenarios, implica también aceptar que no siempre se puede estar bien, que descansar no es un lujo ni un premio, y que la estabilidad emocional no puede sostenerse indefinidamente cuando la vida se vive en modo supervivencia.

Sentirse en alerta constante no es un fallo personal, es una consecuencia lógica de habitar un mundo precarizado, un mundo repleto de desigualdades. Desear una vida con mayor calma, seguridad y descanso no es privilegio ni ambición, es una necesidad básica y una forma de dignificar la vida. Reconocerlo es el primer paso para dejar de sobrevivir y comenzar, poco a poco, a reclamar el derecho a vivir con mayor bienestar, para todas y todos.


Descubre más desde entre líneas

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario en “El costo invisible de vivir alerta

Replica a Edith Noriega Cancelar la respuesta