El negocio del bienestar

Por Mar Talamantes

En los últimos años, el autocuidado se ha vuelto una palabra de moda, vivimos en una era en donde el “holismo” y el “wellness” se vende como pan caliente. Lo vemos en campañas publicitarias, en redes sociales, en etiquetas de productos que prometen bienestar. Pero, ¿De qué hablamos realmente cuando hablamos de cuidarnos?

Los medios de comunicación han transformado el autocuidado en una industria. Nos venden la idea de que para estar bien necesitamos pagar por un día de spa o contratar a un coach personal. Sin embargo, detrás de esas imágenes de velas encendidas y rostros relajados se esconde una gran mentira: el bienestar no puede reducirse a una experiencia de consumo.

Esa visión supone demasiadas cosas. Supone que tenemos tiempo libre, dinero extra y energía. Supone que vivimos una vida con opciones, cuando muchas veces lo que nos falta es justamente eso: tiempo, recursos y descanso real. Y al mismo tiempo, nos hace sentir que si no accedemos ante esas formas de autocuidado, si no compramos, si no publicamos, si no nos “regalamos” experiencias caras, estamos fallando en el arte de querernos. Y cuando no podemos acceder a esas versiones idealizadas del bienestar, nos culpan por no cuidarnos lo suficiente, como si el agotamiento o las dificultades económicas fueran una falta moral.

Nos dicen que el bienestar está al alcance de la mano, mientras lo colocan en una repisa inaccesible para la mayoría. Eso mis queridas lectoras, es mercantilizar el bienestar, y que pase a ser solo privilegio de unos cuantos.

El autocuidado se convierte así en un espejo distorsionado. Nos dice que debemos hacer más, comprar más, ser más, cuando el verdadero autocuidado muchas veces consiste en hacer menos: en descansar, poner límites, escuchar el cuerpo, apagar el teléfono. El bienestar no es un lujo, —es una necesidad humana básica— , pero el capitalismo lo ha perfumado y adornado.

El desafío está en devolverle al autocuidado su sentido original: un acto cotidiano, accesible y profundamente político. Cuidarse es un gesto de resistencia en un sistema que nos quiere agotadas, productivas y desconectadas de nosotras mismas. Es reconocer que nuestra salud no depende de lo que consumimos, sino de cómo habitamos nuestro cuerpo, nuestras relaciones y nuestro tiempo.

Tal vez el cuidado personal no se trate de ir a pilates y tomar matcha, sino de tener el valor de detenerse, respirar y elegirnos, aunque el mundo insista en que sigamos corriendo.


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4 comentarios en “El negocio del bienestar

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