Feliz cumpleaños a mi, a ti y otras cosas por resignificar

Por Leona

Este mes cumplo 35 años.

Y lo digo con la frente en alto, con el corazón abierto y con la claridad de saber que cada año no me quita, sino que me multiplica. Pero llegar hasta aquí, hasta este punto de reconciliación con mi edad, no ha sido sencillo. Porque cumplir años siendo mujer, en esta sociedad que mide nuestro valor en base a la apariencia, la fertilidad y la docilidad, ha sido históricamente un campo de batalla.

El peso invisible de los años sobre las mujeres

Desde pequeñas nos enseñan que hay una edad “para todo”: para casarte, para tener hijos, para estudiar, para “verte bien”. Todo lo que hacemos parece estar acompañado de un reloj invisible que marca lo que ya “se te pasó” o “aún alcanzas”.

El tiempo, para las mujeres, no es solo una medida biológica: es una herramienta de control.

Y ese control se disfraza de consejos, de expectativas, de bromas aparentemente inofensivas.

“Ya se te está pasando el tren.”

“Apúrate a tener hijos.”

“Deberías cuidarte, ya no estás para desvelarte.”

“Ya estás grande para eso.”

Detrás de cada frase hay una violencia simbólica profunda. Una violencia que nos arranca la posibilidad de vivir con libertad nuestros propios ritmos.

La violencia estética del tiempo

A los hombres se les llama maduros, interesantes, sabios.

A las mujeres, “viejas”.

Un hombre con canas es distinguido; una mujer con canas “se descuidó”.

Un hombre envejece con historia; una mujer envejece con culpa.

Nos enseñaron que nuestro cuerpo tiene fecha de caducidad. Que el valor de una mujer está en su juventud, en su piel tersa, en su energía, en su capacidad de atraer.

Y por eso, muchas hemos crecido con miedo a cumplir años.

Miedo a desaparecer.

Miedo a ser “demasiado” para el mundo: demasiado mayor, demasiado madura, demasiado libre.

Esa presión estética es también una forma de violencia. Nos exige detener el tiempo, mantenernos eternamente jóvenes, incluso a costa de nuestra salud física o emocional. Nos exige que escondamos las arrugas, que neguemos la edad, que mintamos para seguir siendo “válidas”.

Pero la juventud no debería ser una obligación.

La edad no debería ser una amenaza.

Porque cada año trae consigo un aprendizaje, una conquista, una parte de nosotras que florece mientras otras partes se transforman.

Resignificar la edad: del miedo al orgullo

Hace algunos años, empecé a reconciliarme con mis cumpleaños. Dejé de verlos como una cuenta regresiva y comencé a verlos como un manifiesto de existencia. Cada año que cumplo es una victoria sobre todo lo que quiso silenciarme, minimizarme o etiquetarme.

Hoy sé que mi edad no me limita, me define.

Cada año es un testimonio de las veces que me levanté, de las veces que elegí seguir, de las versiones de mí que se transformaron para dar paso a nuevas formas de ser.

Cumplir años no es perder belleza: es ganar fuerza.

No es perder deseo: es aprender a desear distinto.

No es dejar de ser joven: es aprender a ser sabia.

Y sí, me pueden decir “señora” o “doña”, y lo recibo con orgullo, porque mis años son míos, me pertenecen.

La edad como resistencia

Las mujeres hemos aprendido a resistir incluso en lo que debería ser natural: el paso del tiempo. Hemos tenido que defender el derecho a envejecer, el derecho a cambiar, el derecho a no ser jóvenes para siempre.

Porque el envejecimiento femenino no debería ser una ofensa, sino una celebración. Cada arruga cuenta una historia, cada línea es una huella de vida, cada cana es una memoria.

Vivir mucho tiempo no debería ser motivo de vergüenza, sino de honor.

Y si la sociedad aún no sabe cómo mirar a las mujeres que envejecen con dignidad, entonces habrá que enseñarle.

Habrá que recordar que no somos un estereotipo de juventud eterna, sino seres complejos, en evolución constante, con la fuerza de haber resistido a todo lo que se nos impuso.

Cumplir años es existir con orgullo

Por eso hoy, al cumplir 35, quiero celebrar no solo mi vida, sino la de todas las mujeres que están aprendiendo a abrazar su edad.

Las que ya no esconden los años, las que dicen su edad con orgullo, las que se ríen de los estigmas y los desafían.

Las que empiezan una nueva carrera a los 40, las que se enamoran a los 50, las que cambian de vida a los 60.

Las que viven sin miedo a envejecer.

Porque cumplir años no es volverse menos, es volverse más.

Más libre, más consciente, más auténtica.

Cada año es una declaración de vida.

Cada cumpleaños es un recordatorio de que seguimos aquí, transformándonos, creciendo, resistiendo.

Así que sí: este mes cumplo 35, y no me da miedo decirlo.

Porque no soy una mujer vieja.

Soy una mujer viva.

Y eso, en un mundo que tanto insiste en silenciarnos, es un acto de revolución.


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3 comentarios en “Feliz cumpleaños a mi, a ti y otras cosas por resignificar

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