Por Fernanda Olguín
Escribir es un acto político, sin lugar a duda. Y, paradójicamente, de política no hablo. El hecho de poder plasmar en letras y palabras nuestras ideas, posturas y nuestro propio discurso, según nuestro pensamiento, es ya un acto político: con ello tratamos de influir, de alguna manera, en nuestro entorno.
Es realidad que quienes escribimos, por lo general, tenemos una intención y un mensaje que transmitir. Muchas veces, cuando minorías y disidencias hacemos uso de la escritura para difundir mensajes que no coinciden con los del status quo, solemos ser tachados de subversivos. Pero rebelarse contra lo establecido y contra lo que representa injusticia para ciertos grupos de personas, a mi parecer, nunca va a estar mal. La situación está en que se nos suele juzgar duramente y nuestro mensaje termina satanizado.
Quien me conoce sabe que me considero feminista y activista; también sabe que, a mi manera, desde mi lugar en el mundo y con mis medios, trato de poner mi granito de arena para hacer de mi entorno un espacio más habitable para los demás. Ese esfuerzo, sin embargo, me ha traído burlas, comentarios pasivo-agresivos y críticas de seres queridos y no tan queridos. Y es que, todavía en pleno siglo XXI, estar fuera de lo que piensa el común denominador sigue estando mal visto.
Hace un año, platicando con un colega que acababa de leer uno de mis libros (el de crónicas sobre violencia de género), me dijo que con ese libro estaba “adoctrinando”. Ha pasado un año y aún me siento ofendida por su comentario (sí, así de intensa soy). Empezando por el uso y el significado de la palabra adoctrinar.
Tradicionalmente, adoctrinar se ha relacionado con ganar partidarios, ejercer un control social o instruir en un tema con la intención de imponer una visión. Como si al hablar de violencia contra la mujer buscara ejercer un control o ganar un dominio sobre alguien.
En la escritura como acto político, si bien una comparte posturas, no se pretende adoctrinar, sino poner temas sobre la mesa: hacer reflexionar, cuestionar, generar conciencia social sobre situaciones que no son correctas. Lo que se busca es propiciar cambios, más que convencer, aleccionar o ganar adeptos.
¿Es correcto llamar adoctrinamiento a acciones cuyo propósito es generar conciencia y velar por la integridad y dignidad de una mujer?
Como lo dice Marcela Lagarde: «Si una mujer cambia, cambia ella. Si cambiamos todas, cambia el género». Más allá de adoctrinar, se trata de transformar: de generar reflexión en una, luego en otra y en otra, hasta que tal vez, de esa manera, logremos ese cambio colectivo que nos lleve a una vida justa para todas.
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Me encantó. Sigamos haciendo política a través de la palabra escrita.
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