Confesión: Sinceramente, no sé hablar de política y muchas veces me cuesta entenderla. Lo que escribo aquí no es un posicionamiento ideológico, sino mi manera de procesar y opinar sobre lo que está pasando en el país.
El año pasado el contexto era el siguiente:
En un hecho histórico nunca antes visto, dos mujeres se disputaban la candidatura a la presidencia de uno de los países más machistas de América Latina. Tras una contienda polémica para ganar la presidencia de nuestro país, México pasa a ser uno de los 28 países donde hay una jefa de Estado.
Sin importar la tendencia o ideología, una mujer llegó a la silla presidencial y sobre ella recayeron gran cantidad de expectativas, pues es bien sabido que en México los asuntos de equidad y representación son más un mero requisito que verdadera representación.
Parte de esas expectativas vienen de si una «mujer» puede llenar los zapatos del puesto que, para muchos, debería ser destinado a un hombre, pero también de parte de minorías a las cuales normalmente se les oye su discurso en campaña electoral, y ya obtenido el triunfo no se les toma en cuenta la agenda o se les aplazan las promesas de campaña.
Ha pasado un año desde que Claudia Sheinbaum llegó al poder y aún podemos recordar el tono patriótico, festivo y feminista de su discurso; su «Llegamos todas» traía consigo varios planes en beneficio de nosotras: apoyos a mujeres adultas, creación de estancias infantiles dignas para los hijos de mujeres trabajadoras, disminución en feminicidios y violencia contra la mujer, reformas a artículos puntuales de la Constitución para garantizarnos derechos y protegernos contra la violencia, entre otras.
¿Qué es lo que se ha cristalizado? Las reformas a los artículos 4°, 21, 41, 73, 116 y 123 fueron presentadas y aprobadas. También, en abril de este año se dio el banderazo con la construcción del primero de los 200 CECI prometidos, y en agosto inició el registro de los apoyos para mujeres adultas. Por otra parte, si bien los índices de feminicidios bajaron en el primer semestre de este año, los homicidios y lesiones dolosas contra mujeres y niñas aumentaron, dejando en duda qué parámetros se están usando para catalogarlos y si es solo un maquillado de manejo de números.
También vale la pena mencionar que nuestro estado —Sonora— vive una situación alarmante, nunca antes vista, tanto en violencia de género como violencia en general, siendo el municipio de Cajeme un foco rojo a nivel nacional.
Un año después, según las encuestas, la aprobación de la presidenta es buena: varios meses hubo cambios, puntos subieron, puntos bajaron, pero en general aumenta de un año a otro. Al parecer el pueblo confía.
¿Un año de trabajo puede servir de parámetro para juzgar un sexenio? En realidad, lo que vemos son apenas los cimientos: discursos, reformas iniciales, programas piloto. Falta comprobar, pero creo que no está de más estar pendientes, no quitar la vista de las acciones ni el dedo del renglón.
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