por Clara Parraguirre
No es fácil escribir esto, me pesa imaginar que alguien de mi escuela pueda leerlo. A veces parece que los docentes no tenemos derecho a una vida fuera del aula.
Recuerdo un toquín de rock en el que me sentí libre, dejando el “deber ser” en la puerta. Pero esa libertad se esfumó cuando, en la fila para comprar cerveza, unos estudiantes me saludaron y comentaron mi buen headbang. En ese instante, cual martillo de Thor invoqué al gis y borrador, lo que me obligó a volver al papel correcto y quedarme quieta en un rincón.

Desde entonces aprendí que la diversión debía quedarse en el ámbito privado. Hay que bailar con bajo perfil, brindar en secreto, para que madres, padres y estudiantes no te satanicen. La expectativa es clara: un docente debe ser un dechado de virtudes, casi un santo. Aunque, si soy precisa, esa carga recae con más fuerza en las mujeres. He escuchado desde estudiantes hasta colegas repetirlo: al maestro que se va de fiesta se le aplaude porque “se está relajando”. A la maestra, en cambio, se le cuelgan etiquetas que van desde la “irresponsable” hasta la de “anda de puta”, basta leer los comentarios en redes sobre las maestras influencers para confirmarlo.
La sociedad espera de nosotras paciencia infinita, dulzura maternal, comprensión absoluta. Se asume que debemos cuidar como madres, escuchar como psicólogas y resolver como administradoras. Y en esa avalancha de exigencias suele olvidarse lo esencial: que somos profesionales, formadoras de pensamiento, constructoras de conocimiento. Cuando me planto frente a mis estudiantes, no sólo me miro a mí misma, me pienso como parte de una cadena de maestras que han abierto camino entre pasillos hostiles, comentarios hirientes y sueldos que no corresponden a la magnitud de la tarea.
Ser maestra es habitar la tensión entre ternura y autoridad. Si alzo la voz, corro el riesgo de ser tachada de histérica; si la bajo, se me percibe débil. Aprendí a negociar con esos estereotipos: sostener la firmeza sin perder la calidez, mostrar que la disciplina también puede tener rostro humano. Y, de paso, enfrentar a ciertos padres que creen que pueden tratarnos como tratan a las mujeres de su entorno.
El aula es un espejo. Mis estudiantes proyectan en mí lo que creen de las mujeres: admiración, burla, indiferencia. Pero también descubro en sus gestos semillas de transformación. Cuando una alumna me dice que quiere ser historiadora porque se reconoce en mí, cuando un alumno escucha a una mujer con autoridad, cuando alguien aprende a cuestionar un prejuicio machista, sé que el esfuerzo vale la pena.
Ser maestra no es sólo un oficio: es una manera de habitar el mundo. Y ser maestra mujer es aún más complejo, porque sobre nosotras recaen múltiples capas de expectativas, prejuicios y silencios heredados.
Hoy me nombro maestra mujer con orgullo y con conciencia. No soy la figura dulce y abnegada que el sistema quisiera moldear. Soy una mujer con historia, con heridas, con preguntas. Soy alguien que enseña porque cree en el poder de la memoria y la rebeldía.
Aunque duela, aunque la tarea sea dura y desbordante, en el aula se juega mucho más que una calificación: se juega la posibilidad de que otras mujeres, en el futuro, tengan menos cadenas y más alas.
Ser maestra mujer es, al final, un acto de fe. Fe en la palabra, en la mirada que se enciende, en la semilla que germina en silencio. Y es también un acto de amor: un amor rebelde, consciente, que no se resigna a repetir lo mismo de siempre. Porque enseñar, para nosotras, no es solo transmitir conocimiento: es escribir, poco a poco, otra historia para las mujeres que vendrán.
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Gran reflexión Clara!!!
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