Aprendiendo a escuchar mi cuerpo

por Mar Talamantes

Durante toda mi vida se me ha enseñado a ver mi cuerpo como una máquina, una que hay que llenar de combustible y recargar energía para que se mantenga, una máquina que se descompone y se arregla con una pastilla; esta visión del cuerpo, que lo encasilla a sólo la materia física que observamos, sin la posibilidad de mirar más allá de lo tangible y vislumbrar la infinita interconexión que posee, está visión me parece sumamente reduccionista y preocupante, ya que nos desconecta de toda la sabiduría, voz y memoria que nuestro cuerpo posee, y nos impide escucharlo.

Este texto nace desde ahí: desde el intento constante de volver a habitarme. Desde el deseo de contar cómo he ido aprendiendo (y todavía lo hago) a mirar mi salud con otros ojos, dejando de ver la enfermedad o el dolor como un error o un castigo, y comenzar a verlos como una invitación a descubrirme cada vez más auténtica.

Habitar mi cuerpo no ha sido un camino fácil ni lineal, cuesta mucho trabajo dejar de pelearme con él, dejar de ver los síntomas como un problema que tiene que desaparecer inmediatamente. Me costó mucho entender que no sólo se trata de apagar el fuego, sino de ver que fue lo que lo encendió; y aún más difícil, me costó entender que a veces ese fuego viene a iluminar aspectos de mi vida que me estaban costando observar con conciencia.

Comencé con el fascinante ejercicio de preguntarme — ¿Qué me quiere decir este dolor, o este síntoma?, ¿Qué necesita de mí?—, y así empecé a ver mi enfermedad desde la oportunidad y no desde la falta, desde la apertura y no desde la negación. Fue entonces cuando entendí que sanar no es solamente curar un órgano, equilibrar un sistema o ingerir un nutriente faltante. Sanar es integrar, es reconocer que somos cuerpo, sí, pero también somos historia, emociones, vínculos, creencias, cansancios y silencios. Que nuestra salud no se vive de manera aislada, sino que está atravesada por todo lo que somos, todo lo que fuimos y todo lo que nos rodea.

Salud es el proceso biológico, contínuo y permanente de adaptarnos al medio interno y externo, con todos los cambios, retos y amenidades que estos traigan consigo. Sanar es internar esta integración de una manera armoniosa y amable hacia contigo misma y hacia la otredad (lo que está fuera de ti).

En mi camino como médica, esta visión se ha ido volviendo cada vez más clara y urgente, necesitamos reapropiarnos de nuestra salud. Porque no sólo yo fui desconectada de mi cuerpo: a muchas nos enseñaron a desconfiar de lo que sentimos, a callar el dolor, a ponerlo en duda o normalizarlo, a medicarlo sin comprenderlo, sin voltearlo a ver. Especialmente si somos mujeres, personas queer, cuerpos gordos, racializados, neurodivergentes… el sistema de salud muchas veces nos invalida, nos patologiza o nos despoja de nuestra propia capacidad de entendernos, de escucharnos.

La únicas y principales protagonistas de nuestro proceso de salud debemos de ser nosotras mismas, porque nadie más puede saber lo que el cuerpo comunica, sólo tú habitas en él. Solo tú conoces los matices de tus silencios, la intensidad de tus dolores, las alertas sutiles que otros pasan por alto. Escucharte, observarte y confiar en tu sabiduría interna es un acto profundo de amor propio, soberanía y emancipación. No se trata de rechazar la medicina o el acompañamiento profesional, sino de recuperar el centro, de no entregarnos ciegamente a manos externas que a veces ven cuerpos, pero no historias, evalúan síntomas, pero no contextos.

Por eso hoy me importa tanto hablar de una perspectiva de la salud más amplia, más honesta, más empática. Una salud que no sea ajena ni autoritaria, sino que se construya desde la escucha, el respeto y la conexión con nosotras mismas. Que reconozca que el cuerpo no es una máquina que se arregla, sino una casa que se habita, que se siente, que se escucha.

Volver a habitarme ha sido un proceso de desaprender y volver a aprender. De reconciliarme con mi cuerpo y aprender a confiar en su ritmo, en sus señales, en su manera tan sabia de decir lo que a veces yo no puedo poner en palabras. Hoy sé que cada síntoma tiene algo que contarme, que el cuerpo no me traiciona: me protege, me avisa, me guía.

Y aunque sigo en el camino, hoy me habito con más ternura, me escucho con más paciencia, y me recuerdo, cada vez que puedo, que sanar no es llegar a algún lugar perfecto. Sanar es simplemente volver. Volver a mí.


Descubre más desde entre líneas

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario en “Aprendiendo a escuchar mi cuerpo

Replica a Mariana Rosas Cancelar la respuesta