Cuándo el cuerpo deja de sangrar y empieza a sostener

Por Mar Talamantes

Quiero empezar este artículo con una pregunta, ¿cuál es tu perspectiva sobre la menopausia?, ¿piensas que la menopausia es una ganancia o una perdida?, ¿o ninguna de las dos?… te invito a reflexionar un poco antes de continuar.

La menopausia para mí ,por mucho tiempo, había sido un tema más de vulnerabilidad. Nunca la he visto como una enfermedad, aunque muchas veces se intente patologizar, medicalizar, yo lo veo más como un momento de susceptibilidad a diversos factores, principalmente dependientes de hormonas, que muchas veces puede llegar a ser complicado para algunas mujeres, esto siendo algo también muy dependiente del contexto y el estilo de vida. Pero ¿que pensarías si te digo que la menopausia es más bien una capacidad avanzada, una ventaja evolutiva?

Te quiero platicar un dato biológico que me parece precioso de tantas formas, con un significado que raya en lo existencial, sobre todo para las hembras presentes. La menopausia es algo rarísimo en la naturaleza, hasta el día de hoy solo se conocen 5 especies que viven este proceso, hay otros animales, sobre todo mamíferos, que si disminuyen su fertilidad pero nunca cesa por completo, las únicas especies que viven un total desapojo de su capacidad reproductiva y siguen viviendo varias décadas después, somos las hembras humanas, y las ballenas belugas, narvales y orcas.

Hasta aquí ya me parece algo poético, solo humanas y ballenas vivimos la menopausia, pero viene la mejor parte…. lo fascinante no es solo que la menopausia exista, sino por qué existe.

Desde la biología evolutiva, hay una hipótesis hermosa llamada la hipótesis de la abuela. Propone que, en ciertas especies sociales altamente cooperativas, la supervivencia del grupo mejora cuando las hembras mayores dejan de reproducirse y enfocan su energía en sostener, proteger y transmitir conocimiento a las nuevas generaciones. No es un “fracaso reproductivo”, es una redistribución de energía hacia el cuidado colectivo y la memoria social.

En especies como las orcas, por ejemplo, se ha observado que las hembras mayores lideran a su grupo en tiempos de escasez. Son ellas quienes recuerdan rutas migratorias, zonas de alimento, cambios en el entorno. Las matriarcas aumentan las probabilidades de supervivencia de hijas, hijos y nietos. Su presencia importa. Su experiencia salva.

En humanos, los estudios también muestran que la presencia activa de abuelas incrementa la supervivencia infantil y la estabilidad familiar en múltiples culturas. No es casualidad. Evolutivamente hablando, la menopausia pudo haber sido seleccionada porque favorecía comunidades más fuertes, más sabias, más resilientes.

Entonces, ¿y si no fuera una pérdida?

La narrativa dominante suele reducir la menopausia a síntomas: bochornos, cambios de humor, alteraciones del sueño, disminución de estrógenos, riesgo cardiovascular u óseo. Y claro que todo eso es importante, desde la medicina debemos acompañar, aliviar, sostener, pero cuando solo hablamos desde la carencia hormonal, dejamos fuera una dimensión profunda: la menopausia como transición de rol biológico y social.

No es el fin de algo. Es el inicio de otra etapa con otra función.

Biológicamente, el cuerpo deja de invertir energía en la gestación. Metabólicamente, eso libera recursos. Simbólicamente, se abre un espacio distinto: autonomía sexual sin riesgo de embarazo, redefinición de identidad más allá de la fertilidad, autoridad social no basada en juventud sino en experiencia.

Y aquí quiero detenerme en algo incómodo: vivimos en una cultura que valora a las mujeres mientras son jóvenes, fértiles, “deseables”. Cuando esa etapa termina, pareciera que su valor disminuye. ¿No será que la patologización de la menopausia también está atravesada por una cultura que teme a las mujeres fuera del mandato reproductivo?

Porque una mujer que ya no necesita ser aprobada para reproducirse, que ya no está regida por ciclos de posibilidad gestante, que ha acumulado décadas de experiencia emocional, política, sexual y vital… puede volverse profundamente libre.

Claro que no romantizo el proceso. Hay mujeres que la pasan mal, que requieren acompañamiento médico, terapia hormonal, cambios en el estilo de vida. Hay desigualdades enormes que atraviesan esta etapa: acceso a salud, alimentación, descanso, redes de apoyo. El contexto importa. Y mucho.

Pero incluso reconociendo la vulnerabilidad, podemos elegir la narrativa. Podemos verla como déficit… o como transformación.

En muchas culturas ancestrales, las mujeres mayores ocupaban roles de consejeras, guardianas del conocimiento, líderes espirituales. No porque ya “no sirvieran” para reproducirse, sino porque su valor trascendía esa función.

Tal vez la menopausia no es una pérdida de fertilidad.
Tal vez es la conquista de otra forma de fuerza.

Y vuelvo a la pregunta inicial:
¿ganancia, pérdida o ninguna de las dos?

Yo hoy la veo como una transmutación biológica con significado social. Como una prueba de que nuestro valor no está anclado únicamente a la capacidad de gestar, sino a la capacidad de sostener, enseñar, recordar, transformar.

Si solo cinco especies en el planeta viven esto, quizá no es un error evolutivo.
Quizá es un privilegio de las especies que aprendieron que la vida no solo se reproduce: también se acompaña.

La menopausia no habla del final de la vida.
Habla de su expansión.


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