por Karla Chávez
Una invitación a la introspección y autocrítica.
Como lo fue antes, es ahora, rechazar el sistema de creencias del sitio en que uno se encuentra, es un boleto «sin clase» a la marginación, (que en realidad termina por ser una exclusión momentánea, que a su vez está ligada a distintos factores, pero eso es otro tema) buscamos de quien estar en contra, como si los contextos específicos de cada individuo no estuvieran directamente asociados con su desarrollo económico, espiritual, amoroso, etc.
Si nos tomamos el tiempo de analizar detenidamente nuestro comportamiento, podemos encontrarnos en un camino eterno de contradicción, cada círculo en el que nos desarrollamos es desigual, como “seres pensantes” lo único que podríamos procurar respecto a esta situación es: desmenuzar el juicio, sobre uno mismo y los demás.
Actualmente nos vemos rodeados de una aparente «falsa conciencia», en gran parte gracias a la cantidad excesiva de información que manipulamos a diario, pero olvidamos algo tan relevante como lo es la tendencia.
Como el ladrón busca que robar, uno busca en que creer, y si uno es ladrón busca en que creer para justificar el hurto y si uno es escorpio busca cómo justificar su comportamiento mediante las estrellas.
La tendencia en sí no resulta ser algo negativo, tiene que ver con el sitio en donde uno se encuentre: identidad territorial transitoria, que se ve manifestada en la forma de hablar, vestir, comer, trabajar, y de la que ninguno de nosotros está exento. Buscamos algo en que creer, a que poder aferrarnos para así justificar un poco nuestra existencia, una manera de sobrevivir a un sistema intransigente, en el que siempre existe alguien en una mejor posición o en su defecto, alguien más jodido.
Se habla mucho de tener como individuos una postura política firme respecto a los acontecimientos del mundo en la actualidad, pero ¿Qué tan cierta es esta “intelectualidad moderna”?, ¿Qué tanto tiene que ver la tendencia en esta ola de tener un posicionamiento político? Y, ¿Qué tan importante es que uno se plante firme en él?

Vivimos en un yoísmo disfrazado de colectividad, donde nos relacionamos con gente con ideas similares a las nuestras, radicalizamos situaciones, ideas o sentimientos, porque, ¿Quién realmente disfruta la incomodidad de validar el razonamiento ajeno? Olvidamos que lo personal también es personal y que el pensamiento del otro no siempre es un ataque a el de uno mismo ni a nuestras creencias.
Idolatramos imágenes, en su mayoría falsas, compramos una ideología y vamos orgullosos de nosotros mismos por tener en nuestra canasta “sabiduría” asumiendo que cualquiera que se encuentre al lado estaría equivocado si se atreviese a tener un pensamiento distinto al que uno mismo se ha formado y lo que es peor, contradecirlo; pero ¿Es posible que al día de hoy el pensamiento, ideas, sentimientos, posturas, sean también productos?, ¿Alguien sabe realmente por qué es que uno compra lo que compra?
Hablamos de derechos humanos mientras contribuimos —consciente e inconscientemente— a un sistema que siempre tiene como resultado daño colateral a un tercero; la moral está destruida en estos tiempos y eso no es necesariamente negativo, ni cien por ciento nuestra culpa y a la vez sí.
Esta tendencia individualista tan absurda nos ha dividido: rechazamos activamente oportunidades de unión, no reconocemos que cuidar al otro es cuidarse a uno mismo, independientemente de las convicciones propias y de los demás.
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