Las mujeres no necesitamos que nos decoren la política. Las mujeres sabemos hacer política.
El pasado 11 de octubre, en Cajeme, Sonora, se llevó a cabo una asamblea de mujeres titulada “Voces por la Igualdad y Contra las Violencias” —al menos así aparecía en el cartel oficial— . La convocatoria prometía un espacio de diálogo, reflexión y propuestas para construir estrategias que ayuden a erradicar la violencia contra las mujeres. Sin embargo, lo que muchas esperábamos como un ejercicio político real, terminó pareciendo un espectáculo.
Desde la llegada, el ambiente no correspondía al propósito del encuentro. Un desfile de funcionarios, grupos de danza y presentaciones “artísticas” abrieron la jornada. El evento, que debía iniciar con puntualidad y respeto, se retrasó más de una hora.
Mientras tanto, en el escenario se sucedían bailables que parecían querer endulzar algo que no necesitaba azúcar: la lucha por la igualdad.

En el público, la mayoría de las asistentes eran mujeres. Pero muchas de ellas ni siquiera sabían a qué habían sido convocadas. “Nos trajeron”, decían algunas. Era evidente que buena parte del auditorio estaba compuesto por mujeres acarreadas, invitadas solo para llenar sillas y aplaudir discursos.
Cuando finalmente se abrió el micrófono, lo primero que se sometió a votación fue cuánto tiempo tendría cada participante para hablar: uno, dos o tres minutos. Ganó la opción de un minuto. —¿Cómo se puede hablar de violencia, desigualdad o estrategias de cambio en un minuto?— La decisión reflejó lo mismo que vivimos todos los días: nuestras voces, nuestras historias y nuestras propuestas, siguen siendo medidas, interrumpidas o minimizadas.
Una compañera tomó la palabra para señalarlo: “Esto es una falta de respeto”, dijo. De inmediato, una funcionaria le pidió que “no buscara conflicto”. Pero lo que buscaba no era conflicto, sino dignidad.
Y en ese momento quedó claro: incluso en los espacios creados “para mujeres”, muchas veces las mujeres seguimos siendo silenciadas.
Cuando llegó mi turno, no pude callarlo:
“Las mujeres no necesitamos que se nos decore la política. No necesitamos bailables, ni música, ni que nos entretengan. Las mujeres sabemos hacer política. La hacemos todos los días: en nuestras casas, con nuestras hijas, con nuestras compañeras, en la comunidad. La política no se trata de adornos, se trata de decisiones, de gestión, de acción”.
El aplauso fue inmediato. Porque no era solo mi voz, era el sentir de muchas.
Las mujeres hacemos política desde el cuerpo, desde el cuidado, desde la resistencia.
Cuando buscamos justicia, hacemos política.
Cuando organizamos una colecta, un performance, una marcha, una red de apoyo, estamos haciendo política.
Y aun así, las instituciones parecen creer que necesitamos color y entretenimiento para permanecer atentas.
Eso no solo es una falta de respeto: es una forma sutil de violencia simbólica.
La política de las mujeres no necesita decoración, necesita ser escuchada.
Si una asamblea pretende abrir espacios de participación, que sea para debatir, proponer, construir. No para rellenar el tiempo ni aplaudir funcionarios que nada tienen que hacer en un evento de mujeres.
Al cierre, algunas entregamos propuestas concretas para combatir la violencia y fortalecer la participación femenina. Pero más allá de lo que se logre o no a nivel institucional, esta asamblea dejó una lección importante: las mujeres no solo estamos listas para hacer política; ya la estamos haciendo.
Lo que falta es que quienes organizan y gobiernan aprendan a escucharnos con la seriedad que merecemos. Porque si el espacio se nos ofrece, debe ser digno. Y si no lo es, igual tomaremos el micrófono, igual hablaremos, igual transformaremos.
Las mujeres no necesitamos permiso para hacer política, la hacemos desde siempre, aunque muchos todavía no lo sepan.
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así es, pura simulación; la misma escuelita de los políticos. ¡Qué bien que tomaste el microfóno y alzaste la voz, eres una joven con mucho coraje del que hace cambiar las cosas!
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