Por Mar Talamantes,
Cada 25 de noviembre, el mundo conmemora el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, una fecha que nació del grito latinoamericano por justicia y dignidad. La ONU reconoce este día desde 1999, en memoria de las hermanas Mirabal, tres mujeres dominicanas asesinadas por la dictadura de Trujillo en 1960. Desde entonces, la fecha se convirtió en símbolo de lucha contra todas las formas de violencia que nos atraviesan.

Pero hablar de violencia no es solo hablar de agresiones visibles. En América Latina (una de las regiones con las tasas más altas de feminicidios en el mundo), la violencia se reproduce en estructuras enteras: en la economía, en la educación, en los sistemas de salud y justicia, en los medios, en la calle y hasta en nuestros hogares. Es un sistema que sostiene desigualdades y condiciona nuestras vidas desde antes de nacer.
En nuestras pieles habita la historia del mundo. Cada una de nosotras carga, en sus células, la memoria de una violencia que no empezó con un golpe, sino con una idea: la de que nuestros cuerpos no nos pertenecen.
Desde hace siglos, los cuerpos de las mujeres y disidencias han sido campos de batalla: colonizados, regulados, explotados, usados como recurso, como frontera, como símbolo. El patriarcado, el capitalismo y el colonialismo se entrelazan para sostener un orden que nos quiere productivas, obedientes, bellas y disponibles. Así, la violencia deja de ser un acto aislado y se convierte en una estructura.
La violencia estructural no siempre grita. A veces se disfraza de “norma social”, de “cuidado”, de “decencia”. Está en la precariedad laboral que empuja a miles de mujeres a jornadas dobles o triples sin reconocimiento. Está en la negación del derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, en los diagnósticos médicos que no nos escuchan, en los feminicidios que se vuelven estadística, en la culpa que nos enseñaron a sentir por existir fuera del molde (lo masculino).
Nos enseñaron que la violencia era solo lo visible, pero la verdadera herida es la que el sistema reproduce en silencio: la que atraviesa la pobreza, la raza, la orientación sexual, la corporalidad, la identidad de género. No todas vivimos la misma violencia, pero todas respiramos el mismo aire contaminado por las estructuras que la sostienen.
Y sin embargo, resistimos. Resistimos al nombrarnos, al desobedecer, al sanar. Cada acto de autocuidado es una grieta en la estructura. Cada abrazo sororo, cada red de apoyo, cada cuerpo que se niega a ser controlado, es una revolución.
El 25 de noviembre no es solo un día para vestirnos de morado o naranja. Es un recordatorio de que la lucha sigue viva en nuestros cuerpos, en nuestras calles, en nuestras palabras. Que seguimos aquí, reclamando lo que nos pertenece: la libertad sobre nuestros cuerpos, nuestras decisiones y nuestras vidas.
Porque nuestros cuerpos no son territorio de guerra.
Son territorio de vida, de placer, de memoria y de futuro.
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