La esperanza, la autoestima y la educación como medicina

Por Mar Talamantes,

Durante mucho tiempo, la salud fue entendida como ausencia de enfermedad. Pero cada vez comprendemos más que no es un punto fijo, sino un proceso dinámico, algo que hacemos día con día. Crear salud no depende únicamente de la genética o de los avances tecnológicos; depende también de cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos con el mundo. En este panorama, tres pilares principales sostienen el bienestar humano: la esperanza, la autoestima y la educación.

Esperanza: el oxígeno del alma

La esperanza no es simple optimismo; es una energía vital que impulsa los procesos de sanación. Numerosos estudios en psiconeuroinmunología han demostrado que las emociones positivas, como la esperanza, modulan el sistema inmunológico, reducen la inflamación y mejoran la respuesta al tratamiento médico. La mente esperanzada, literalmente, conversa con las células.

Viktor Frankl, psiquiatra sobreviviente del holocausto, decía que quien tiene un “porqué” puede soportar casi cualquier “cómo”. La esperanza es ese “porqué”: la visión de que algo mejor puede nacer incluso en medio del dolor. En términos biológicos, genera cambios en neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, sosteniendo la motivación y la resiliencia. En términos humanos, nos devuelve el sentido de posibilidad, el impulso de seguir creando salud a pesar de la incertidumbre, a pesar del dolor.

No nos vayamos tan lejos, recordemos lo que sucedió hace unos años con la pandemia de COVID-19, los que tuvimos la oportunidad de ver y acompañar de cerca a los enfermos por este virus, reconocimos el gran papel que jugó la actitud del paciente con respecto a la evolución de su enfermedad, personas desesperanzadas que no creían sobrevivir, en efecto, no sobrevivieron; sin embargo, personas que mantuvieron la esperanza frente a la incertudumbre de la enfermedad, motivados y alegres mientras se podía, aún teniendo parámetros de salud poco favorables, lograron sobrevivir a este virus tan inoportuno.

La frase tan conocida de «la esperanza es lo último que muere», quizá tenga más sentido de lo que creemos.

Autoestima: el sistema inmunológico emocional

La autoestima no es vanidad ni ego, es la raíz del autocuidado. Es la percepción profunda de nuestro valor, la certeza de merecer bienestar y salud. Cuando una persona se valora, su cuerpo también lo sabe: duerme mejor, se alimenta con conciencia, busca ayuda a tiempo, establece límites y se rodea de vínculos nutritivos.

Diversas investigaciones en salud mental y comportamiento han mostrado que una baja autoestima se asocia con hábitos nocivos, mayor riesgo de depresión y enfermedades crónicas. En cambio, el amor propio activa circuitos cerebrales de recompensa y protección, promoviendo la secreción de oxitocina y endorfinas (las llamadas hormonas del amor y del bienestar).

Podríamos decir que la autoestima funciona como un sistema inmunológico emocional, filtra lo que nos hace daño, refuerza lo que nos nutre, y nos recuerda que cuidar del cuerpo no solo es importante, es imprescindible.

Educación:el conocimiento como medicina

Sin educación, la esperanza se dispersa y la autoestima se debilita. Educar — en salud, en emociones, en derechos, en nutrición, en sexualidad, en ecología— es ofrecer herramientas para decidir y actuar con libertad hacia nuestra salud plena. La OMS reconoce que la educación es uno de los determinantes sociales más importantes del bienestar: una persona informada vive más años, con mayor calidad y autonomía.

Es algo que puede parecer obvio, sin embargo no siempre lo tenemos en cuenta a la hora de hablar sobre salud, sobre todo cuando ponemos en tela de juicio el cuidado en salud de los demás, sin conocer del todo su contexto. Por ejemplo, podemos ver una persona en situación de calle comer en el piso y con las manos sucias y pensar «a esta persona no le importa cuidar su salud», sin embargo, que sucede cuando esta persona realmente desconoce que existen gérmenes que son capaces de causar enfermedades, entonces el problema no es su falta de autocuidado, el problema es una falta de información.

Pero la educación que sana no se limita a los libros. Es también educación del sentir: aprender a escuchar el cuerpo, a reconocer los signos del estrés, a regular las emociones, a cuidar los vínculos y el entorno. Educación en salud se refiere a conocer tus contextos internos y externos, y como te relaciones con ellos.

La esperanza sostiene, la autoestima mueve y la educación orienta. Juntas, forman un ecosistema interno que nos permite construir salud cada día, incluso en situaciones adversas.

Crear salud es un acto profundamente político y espiritual: significa creer en la vida, valorarse lo suficiente para cuidarla y tener el conocimiento necesario para ejercer ese cuidado con libertad.

Si entendiéramos la salud no solo como ausencia de enfermedad, sino como la suma de esperanza, autoestima y educación, los sistemas sanitarios cambiarían, las comunidades sanarían y el cuerpo dejaría de ser territorio de culpa o control para volver a ser lo que siempre fue: casa sagrada, campo fértil donde florece la vida.

Porque crear salud es eso: un acto de amor informado, una revolución que empieza en el interior y se expande hacia el mundo.


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