Yo, mi opresora. Apuntes sobre la misoginia interiorizada

por Fernanda Olguín

Misoginia.

El diccionario de la RAE la define como —aversión a la mujer— y, si nos vamos a buscar la definición de aversión, veremos que se refiere a una repugnancia o rechazo a algo o alguien. Sentir repugnancia en sí ya es algo fuerte, pero tristemente, la aversión a la mujer, aun en nuestros tiempos, va más allá de un rechazo

La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV, 2006), en el artículo 5, fracción XI, refiere la misoginia como:

“…conductas de odio hacia la mujer y se manifiesta en actos violentos y crueles contra ella por el hecho de ser mujer”.

Entonces, la realidad no va solo de un sentimiento de rechazo per se, sino de conductas que atentan contra nuestra integridad simplemente por el hecho de ser mujeres.

El patriarcado no surgió de un evento único o aislado. Desde la prehistoria, incluso cuando el hombre era nómada, ya había una clara diferencia entre las actividades masculinas y femeninas y, con el paso del tiempo, fueron cobrando más valor sus labores, demeritando las realizadas por mujeres. Hasta llegar a los tiempos en los que culturas como la mesopotámica empezaron a ver a la mujer como objeto para el servicio físico y sexual del hombre, pasando a ser propietarios y dueños de las mujeres de su familia. Al paso del tiempo, la mujer fue perdiendo derechos, cargando labores y obligaciones, negándole su condición humana y pasando a ser una moneda de cambio.

Con el transcurrir del tiempo, los filósofos se dieron a la tarea de reflexionar acerca del hombre, generando ideas y pensamientos que seguían colocándonos a las mujeres como personas de segunda. Dichos pensamientos filosóficos dieron paso a la perpetuación del patriarcado. Los pensamientos filosóficos que contribuyeron a la perpetuación del patriarcado suelen considerarse, por muchos, simples reflexiones nacidas de hombres que fueron producto de su época y del contexto en que vivieron. Sin embargo, reconocer su origen histórico no significa justificar su permanencia. Cuando surgieron esas ideas donde el hombre representaba la razón y la mujer el deseo (haciendo referencia a Hegel), o cuando Mary Wollstonecraft analizó El Emilio de Rousseau y escribió: «No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas», el feminismo aún no existía, pero el patriarcado ya era un sistema. Es una realidad que, sin lugar a dudas, las mujeres desde entonces sentíamos la opresión hasta los huesos: el ser reducidas a la casa, el no tener otra función más que criar, el no poder estudiar o emitir opinión alguna.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con el título de este ensayo?

Bueno, tenemos que tener un pequeño contexto y entender desde dónde viene este trato hacia las mujeres para estar conscientes de que estos comportamientos no son algo nuevo. De hecho, antes de ser siquiera instaurado el feminismo, las mujeres ya sentían esos rechazos o aversiones. Esto nos permite hacer ver que la misoginia no es algo inherente al sexo masculino. Al estar presente el patriarcado desde tiempos tan remotos, plasmado en acciones y en los discursos de filósofos considerados importantes y sobresalientes, es imposible que solo sea algo de hombres: las mujeres también podemos ser misóginas, con nuestras hermanas, con nosotras mismas, y eso es lo que se conoce como misoginia interiorizada.

Por más que las mujeres estemos en un proceso constante de deconstrucción, seguimos siendo producto de nuestra crianza, educación y cultura. Si bien tratamos de practicar la sororidad y queremos erradicar la competencia, las críticas y los prejuicios contra otras mujeres, tenemos tan interiorizados esos pensamientos que también los aplicamos a nosotras mismas, poniéndonos altos estándares y midiéndonos con una vara cargada de expectativas sobre todo lo que deberíamos ser, oprimiéndonos, sintiendo aversión, rechazo y odio… siendo violentas física y emocionalmente con nuestra persona.

Sin duda alguna, tenemos que analizar y reflexionar qué pensamientos y conductas seguimos replicando y, más que juzgarnos, hacernos conscientes de que los procesos llevan tiempo, los patrones y comportamientos cambian al hacernos conscientes de ellos y que es necesario dejar de ser nuestro propio opresor, romper con esa añeja tradición.

Oprimidos los hombres, es una tragedia. Oprimidas las mujeres, es tradición.

Letty Cottin, periodista y destacada activista social. Es conocida por su trabajo en el movimiento feminista y su lucha.

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