En el inconsciente o memoria colectiva tenemos muy arraigada la imagen de la bruja como una mujer de malas intenciones, motivos cuestionables, de apariencia envejecida, piel verdosa, con verrugas, risa amarga y semblante enojado.
Durante años la hemos asociado con la maldad; usamos, a modo de ofensa o de broma, la expresión vieja bruja y atribuimos acciones oscuras a su proceder. Pero ¿por qué? ¿Sabemos el verdadero origen? ¿Por qué la imagen de la mujer bruja es negativa, mientras que la del hombre suele vincularse con la del sabio?
A lo largo de la historia de la humanidad, la mujer ha tenido diferentes arquetipos, modelos o simbolismos según los patrones de comportamiento de cada época. A veces, más que simples modelos, estos arquetipos han funcionado como formas de etiquetar o juzgar comportamientos: están la doncella, la madre, la bruja y la anciana.
Entre los siglos XVI y XVIII, estos modelos femeninos —nuestras energías y saberes— fueron duramente perseguidos, al grado de llevar a muchas mujeres a la muerte. He hablado en otros escritos sobre cómo la misoginia y el patriarcado han estado presentes a lo largo de la historia: la mujer como ser inferior, controlable, sin voz propia.
Fue en esos siglos, y dadas las condiciones sociales y religiosas de la época, cuando las mujeres fueron nuevamente rezagadas. Aquellas que practicaban la medicina, la herbolaria o poseían conocimientos transmitidos de generación en generación no podían saber más que los instruidos. Así, toda práctica o expresión de sabiduría femenina era una herejía, se asociaba con delitos de brujería o pactos con el demonio.

El furor por castigar fue tal que la Iglesia y los gobiernos elaboraron manuales especializados sobre cómo torturar y ejecutar brujas como el —Malleus Maleficarum — siendo los criterios para catalogar y condenar extremadamente laxos: bastaba con una acusación, incluso sin pruebas, para ser perseguida y condenada.
A partir de la segunda mitad del siglo pasado, los movimientos feministas y de derechos humanos han contribuido a reivindicar la imagen de la bruja y los arquetipos femeninos. Si tomamos en cuenta las acciones por las que antes se condenaba a una mujer, prácticamente todas podríamos ser consideradas brujas: tener autonomía, estudiar, expresar nuestra opinión, ejercer la libertad de pensamiento y conectar con la naturaleza.
Quizá la mayor herejía fue, y sigue siendo, que una mujer piense por sí misma.”
Feliz día a todas .
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