Hoy Gaza, mañana nosotres.

por Leona Corrales

Hay guerras que no son solo guerras.

Hay guerras que son espejos.

Gaza es una de ellas.

Lo que hoy arde en Palestina no es solo un conflicto armado: es una maquinaria de poder, un sistema colonial que busca borrar una historia entera, una lengua, una memoria. Gaza es el grito de un pueblo sitiado, de una tierra convertida en prisión a cielo abierto, donde cada bomba intenta no solo matar cuerpos, sino borrar toda huella de existencia.

Y detrás de cada misil, detrás de cada decisión “diplomática”, hay manos que financian, callan o se lavan las culpas con discursos vacíos. Estados Unidos —ese gigante que presume democracia mientras alimenta guerras— ha sido y sigue siendo la sombra que legitima la violencia, que vende armas bajo el disfraz de la paz, que impone sanciones a quien resiste y premios a quien obedece.

Esta no es una guerra religiosa. Es una guerra económica. Una guerra por el control del territorio, del gas, del agua, de la tierra, del poder. Una guerra que se alimenta del miedo y del silencio. Y en esa ecuación, Palestina no es solo víctima: es símbolo.

Porque lo que está ocurriendo allá es el recordatorio de lo que el poder es capaz de hacer cuando el mundo mira hacia otro lado.

Nosotres, desde Latinoamérica, no podemos permitirnos ese silencio.

Porque sabemos lo que es el despojo.

Sabemos lo que es la colonización.

Sabemos lo que es ver a las potencias decidir por nuestros pueblos, marcar nuestras economías, saquear nuestros recursos y después llamarlo “ayuda”.

Por eso Gaza nos importa.

Porque cuando silencian a un pueblo, nos enseñan cómo podrían hacerlo con el nuestro.

Hoy borran Palestina del mapa.

Mañana podrían borrar cualquier otro territorio que resista al sistema.

Por eso, mirar hacia Gaza es mirarnos en el reflejo más crudo de la historia: el reflejo de cómo el poder se disfraza de orden, de seguridad, de civilización, mientras deja tras de sí ruinas, hambre y cuerpos sin nombre.

Y lo más terrible es la complicidad global: presidentes, primeros ministros y dictadores que observan, opinan, posan para la foto, pero no actúan. El mundo entero está paralizado, calculando alianzas, cuidando intereses, mientras miles de vidas son reducidas a cifras en un informe. La diplomacia se volvió teatro, y el dolor, mercancía.

Desde este lado del mundo, desde esta tierra también saqueada, también rota, tenemos la obligación moral de alzar la voz.

No por caridad, sino por conciencia.

Porque si el genocidio se normaliza allá, la impunidad se volverá regla en todas partes.

Gaza no es lejana.

Gaza es el eco de Chiapas, de Colombia, de Ayotzinapa, de los pueblos indígenas desplazados, de cada comunidad que se levanta contra el extractivismo, contra la violencia, contra el olvido. Gaza somos todes, cuando nos negamos a desaparecer.

Por eso, no es momento de mirar de lejos, ni de quedarnos callades.

Es momento de hablar, de escribir, de resistir.

De entender que mientras una bomba cae allá, el mundo entero pierde un pedazo de humanidad.

Porque si permitimos que Palestina desaparezca, ¿Quién sigue?

¿Quién será el siguiente pueblo que se convierta en cifra, en ruina, en silencio?

Esto no terminará si no lo detenemos juntes.

Y aunque el poder tenga tanques, propaganda y aliados, nosotres tenemos la memoria, la palabra y la rabia.

Y eso también es resistencia.


Descubre más desde entre líneas

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario en “Hoy Gaza, mañana nosotres.

nos gustaría saber tu opinión