El teatro también es política: crónica del II Congreso Estatal de Teatro en Sonora

El II Congreso Estatal de Teatro se llevó a cabo los días 12, 13 y 14 de septiembre en Ciudad Obregón, Sonora, teniendo como sede el municipio de Cajeme, del cual tuve el honor de ser representante.

Desde que llené la convocatoria y supe que participaría, sentí una mezcla de emoción y curiosidad. No sabía exactamente con qué me iba a encontrar, pero lo que viví superó cualquier expectativa. Pensé que sería un congreso como otros: lleno de clases, talleres, conferencias técnicas… pero lo que descubrí fue mucho más profundo.

Desde el primer día entendí estaba entrando a algo que apenas comenzaba, algo grande, transformador. Lo que se respiraba ahí era energía viva, colectiva, una necesidad urgente de hablar, de visibilizar, de resistir. Partienendo por la organización se sentía un espíritu distinto: personas con hambre de hacer, de crear, de transformar realidades. No eran solo gestores, sino soñadores, teatreres con una mirada política del arte, convencides de que el teatro no solo se representa, también se defiende.

Durante las actividades del II Congreso Estatal de Teatro en Sonora.

Cada charla, cada mesa, cada palabra compartida fue un llamado a vernos desde lo común, a partir de lo que nos une y no de lo que nos separa. El Congreso no fue un evento académico más — fue una experiencia profundamente política y humana— donde el teatro se entendió como una herramienta de transformación social.

Entre los temas abordados estuvieron Gestión cultural vs. realidad laboral, Condiciones laborales en el teatro sonorense, Convocatorias de papel: retos de los apoyos institucionales al teatro y Cacatáceos: produciendo entre espinas. Cada título parecía hablarnos directo al corazón, porque reflejaban lo que vivimos todes les que hacemos teatro en Sonora: la precariedad, la autogestión, la pasión y la resistencia.

Como actriz independiente, participar representando a Cajeme fue un acto de reconocimiento y también de encuentro. Me sentí en casa, rodeada de personas que comparten la misma necesidad de crear, de existir desde el arte. Encontré mi manada, y con ella la certeza de que resistir no se hace en solitario. Se hace en colectivo, desde la colaboración y la empatía.

Durante los conversatorios y mesas de trabajo surgieron reflexiones profundas. Hablamos de la urgencia de organizarnos, sobre las tensiones que aún existen entre grupos y colectivos, los egos que a veces frenan el crecimiento, y la necesidad de construir una red que abrace a todes les teatreres. Porque si el teatro sigue vivo, es por la gente que lo sostiene con amor y convicción, aun cuando las instituciones y los recursos no estén de nuestro lado.

También se discutió la distancia entre quienes han tenido más oportunidades y quienes hacemos teatro desde la carencia, sin apoyos ni plataformas. A veces, desde el privilegio, nuestras luchas se ven como rebeldías innecesarias. Pero no se trata de querer facilidades, sino de exigir condiciones dignas, derechos y reconocimiento. Como escuché en una de las ponencias, cuando no te pica la necesidad, no te mueve la lucha. Y sí, nosotres sí la sentimos, y desde ahí creamos.

Este Congreso fue para mí una especie de renacimiento. Una reafirmación de por qué hacemos lo que hacemos. Me recordó que crear también es un derecho humano, enseñar y compartir es parte de esa creación, y el teatro puede y debe seguir siendo un espacio de encuentro y resistencia.

Fueron tres días llenos de reflexión, de afecto, de comunidad. Tres días donde el teatro sonorense se miró al espejo y se reconoció vivo, potente, latiendo en cada cuerpo, en cada palabra, en cada propuesta. Fue un encuentro bellísimo, lleno de amor, donde el arte se mezcló con la política y la esperanza.

Salí con la llama encendida, con el compromiso renovado de seguir creando, de seguir gestionando, de seguir uniendo voces y voluntades. Porque el teatro no se hace desde el ego, se hace desde el nosotros. Y porque resistir desde el arte también es una forma de existir.

El teatro sonorense está más vivo que nunca. Y este segundo Congreso fue la prueba de que el teatro no muere mientras existan personas dispuestas a defenderlo como acto político, como forma de encuentro, como trinchera colectiva.

Si tuviera que renombrarlo, lo haría sin dudar:

“El teatro también es política.”

Porque lo es.


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