No estás rota: estás consciente.

Por Mar Talamantes

Vivimos en un mundo que constantemente nos quiere convencer de que si estamos tristes, ansiosas o cansadas, el problema está dentro de nosotras, en nuestra mente. Nos dicen que estamos “rotas”, que necesitamos arreglarnos, que debemos estar bien a toda costa. Pero… ¿y si eso a lo que llamamos «síntoma» es solo una señal de conciencia, de lucidez? quizá esto te suene muy loco, pero sígueme leyendo, déjame explicarte.

La salud mental no existe de forma aislada. No es solo una cuestión de química cerebral, hábitos o voluntades. Está atravesada por todo lo que somos y todo lo que nos rodea: clase, género, raza, orientación sexual, condiciones materiales, historia familiar, territorio, y absolutamente todas las oportunidades (o limitaciones) que nos marcaron, incluso desde antes de nacer. Cada una de estas intersecciones se convierte en un determinante de salud, y en conjunto moldean la manera en la que vivimos y sentimos el mundo.

En una realidad marcada por la injusticia, la precarización, la violencia y la deshumanización, ¿cómo no iba a dolernos tanto la existencia? Tal vez la tristeza, la desesperanza o la ansiedad no sean solo desajustes internos, sino reflejos de una lucidez incómoda: la de sabernos dentro de un sistema que enferma.

Sentir tristeza frente a la devastación ambiental, impotencia frente a las injusticias sociales y guerras, miedo frente a la violencia de género, agotamiento frente a la precariedad económica… no es un síntoma de estar rotas, a mi parecer, no sentir nada sería el verdadero problema.

Pensar en salud mental como algo individual (como si todo se resolviera con más disciplina, más resiliencia o más pastillas) es una trampa del sistema, porque, mientras miramos hacia adentro buscando el error, afuera dejamos intactas las estructuras que producen el malestar. Y así, se perpetúa el ciclo: nos diagnostican, nos medican, nos silencian, pero no se transforman las condiciones que nos lastiman.

No estás rota: estás consciente. Y esa conciencia, aunque duela, es también un acto de resistencia. Reconocer que el sufrimiento no nace solo de nosotras, sino de un sistema social, político y económico, abre la posibilidad de mirar distinto. No como víctimas de un problema individual, sino como personas atravesadas por una realidad que duele, porque la entendemos.

La pregunta no es entonces cómo “arreglarnos” para encajar mejor en un mundo enfermo, sino cómo usar esa conciencia para incomodar, para no normalizar esas injusticias, para seguir imaginando un mundo mejor. Porque en tiempos de tanta decadencia, la sensibilidad y la empatía son una forma de hacer revolución.

Eso no significa que debamos resignarnos al dolor. Al contrario, significa que reconocer el origen estructural de nuestro malestar puede ser liberador. Nos recuerda que no estamos solas, y que si hay causas colectivas, también pueden construirse soluciones colectivas.

Quizá lo que más necesitamos no sea tratar el «síntoma», sino reconocernos, acompañarnos y transformar las raíces de este malestar que, aunque se vive en la intimidad de cada mente, nace de un sistema que nos atraviesa a todas y todos.

Y para terminar este texto, y a manera de conclusión, te dejo este pequeño poema que escribí desde mis sentirpensares, va con cariño y con la intención de sembrar un poco de esperanza, cuando el mundo nos duele.

No es ruptura,
es memoria en la piel.
No es vacío,
es la herida del mundo latiendo en nuestro cuerpo.

Sentir es prueba de vida,
y doler es la señal
de que aún no hemos cedido
a la anestesia del sistema.

No estamos rotas,
estamos despiertas.

Y en esa vigilia incómoda
habita también
la posibilidad de otro mundo.


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