Cuando el género enferma

Por Mar Talamantes

En este artículo vengo a hablar de un tema muy complejo, que me atraviesa por completo en toda mi existencia, desde lo personal hasta lo colectivo, y hace que mi estómago se sienta en la garganta. Es un tema que duele de tantas formas, que ser consciente de esto ha resignificado radicalmente la forma en la que veía la salud.

Te quiero hablar sobre como el género impacta en el proceso de salud y enfermedad, de una manera brutal, desgarradora y alarmante, volviéndose un determinante que condiciona e impone contextos en los que en ocasiones, resulta casi imposible tener una vida digna y por consiguiente, una salud integral.

Cuando hablamos de género, no hablamos únicamente de una identidad, una expresión o una «categoría» social. Hablamos de estructuras, de violencias normalizadas, de silencios impuestos y de desigualdades que se encarnan en nuestrxs cuerpxs, historia familiar y linaje, en nuestra educación, desarrollo y contexto. Hablar de género en salud es hablar de determinantes sociales que matan, enferman y condenan.

Un ejemplo claro y doloroso está en la salud mental, les comparto este facto que dejará helada a más de una:

uno de los principales factores de riesgo para desarrollar depresión en el mundo es ser mujer.

No porque las mujeres nazcan con más predisposición genética o estructural, no tiene nada que ver con la biología, el problema es que vivimos en un sistema que nos coloca en condiciones de desigualdad, violencia y sobrecarga de cuidados. Las dobles y triples jornadas, la precarización laboral, las múltiples violencias, el acoso, la presión estética, la falta de redes de apoyo, se convierten en factores cotidianos que erosionan y desgastan la mente y el cuerpo, en ocasiones a una profundidad sin retorno. La depresión, en este contexto, no es solo una enfermedad individual, es un síntoma social de un sistema que enferma a las mujeres de manera sistemática.

La depresión es la respuesta psíquica a la falta de igualdad, al peso del patriarcado, a la ausencia de políticas públicas que cuiden verdaderamente la vida humana. No es casualidad que las mujeres presenten casi el doble de prevalencia que los hombres1: se trata de un reflejo estadístico y burdo del lugar que ocupamos en la jerarquía social, en este obsoleto sistema cis-hetero-patriarcal-binarista y misógino desde sus cimientos.

Y en este contexto, el sistema de salud muchas veces refuerza la misma violencia. Se receta un ansiolítico o un antidepresivo sin mirar el origen de ese dolor, sin cuestionar la carga de cuidados, la violencia de género o la soledad estructural que vive esa paciente. Se medicaliza la tristeza, se individualiza el problema y se ignora la raíz: un mundo que no ofrece condiciones de dignidad para todas las personas.

La depresión, entonces, no es solamente una enfermedad: es una señal de alarma colectiva. Y no solo la depresión, me atrevo a decir que todas las enfermedades están profundamente atravesadas por nuestros contextos internos y externos. Resultan convirtiéndose en un espejo incómodo que nos muestra el costo humano de sostener un sistema desigual e injusto. No es (como dicen quienes miran desde la comodidad del privilegio) un asunto privado o una falla individual. Es el grito de un sistema que ha construido desigualdades estructurales, que invisibiliza el dolor, que responsabiliza a las personas sin responder sus propias deudas. Cuando una persona se angustia, pierde interés por la vida o se siente inhabitable en su propia mente, no está solo luchando contra sus neuronas: está luchando contra mandatos sociales, contra la pobreza, contra la violencia, contra un modelo de mundo que le exige todo y le da poco.

Porque la salud integral no es un gesto de caridad, mucho menos de merecimiento, es un derecho. Y sanar implica reconstruir las condiciones que nos atraviesan, incluso antes que los tratamientos. Requerimos dignidad, justicia, equidad. Solo así podremos entender la depresión, y la enfermedad en general, no como un problema individual, sino como síntoma de un sistema enfermo desde su raíz.

Referencias:

  1. De cada 100 mexicanos, al menos 15 padecen depresión. Este porcentaje es mayor para las mujeres que para los hombres: 19.5 por ciento para las mujeres y 10.7 por ciento para los hombres, según los hallazgos de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (Enbiare) 2021.


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