La piratería y fayuca: el acceso negado que el barrio se ganó

por Ana Karen Corrales

En cada tianguis, en cada esquina con toldo improvisado, hay un pedacito de globalización disfrazado de fayuca. Ahí, entre montones de ropa, tenis clon y mochilas con logos que apenas sobreviven a la primera lavada, se encuentra el sueño de pertenecer a un mundo que nos dice que valemos según lo que traemos puesto.

Y sí, muchas veces ese sueño viene en forma de un “chafufu” que se parece al Labubu original, o de unos tenis que, aunque no tengan el holograma, te hacen caminar como si sí. Porque en un país donde la riqueza está tan mal repartida, la piratería es, para muchxs, el único camino para tener lo que la publicidad dice que “debes” tener para ser parte.

Foto tomada de internet

Quién vive en el privilegio puede darse el lujo de criticar la piratería desde la comodidad de sus compras en boutiques o tiendas oficiales. Pero, ¿Qué pasa con quienes no llegan ni a la mitad del sueldo que costaría un original? Para ellxs, el tianguis no es un “crimen”, es una puerta. Es poder llevarle a la niña la mochila de su caricatura favorita sin endeudarse, es ponerse esa playera de la banda que te gusta aunque no sea de la gira oficial, es que el morro llegue a la secundaria estrenando y sintiéndose parte.

El capitalismo nos vende pertenencia como si fuera exclusiva. Te dice que puedes ser parte si pagas la membresía, si traes la marca, si tienes “lo original”. Pero, ¿Qué haces cuando el boleto de entrada a ese club cuesta más que la despensa del mes? Pues buscas tu manera de colarte. Y ahí entra la fayuca.

La piratería no es solo “ilegalidad”. Es un recordatorio de que el acceso está restringido para muchxs, y que el sistema prefiere que no tengas nada antes que permitirte un pedazo del pastel sin pagarle la entrada VIP. Es fácil juzgarlo desde arriba; lo difícil es entender que, para el barrio, ese clon no es un delito: es resistencia, es ingenio y es la manera de decir “también soy parte, aunque el sistema no me invite”.


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