por Mar Talamantes
Quiero aprovechar este espacio para hablar de algo que me parece fundamental y profundamente importante para todas y todos de manera universal, y eso es el reapropiarnos de nuestro proceso de salud, reivindicarnos como las principales y únicas protagonistas del cuidado y mantenimiento de nuestro bienestar físico, mental y emocional. Lo considero primordial ya que vivimos en una sociedad que constantemente intenta despojarnos de esa responsabilidad hacia con nosotras, intenta hacernos pensar que salud es solo lo que hacemos cuando algo nos duele o nos enferma, que cuidar la salud es solamente ir al médico y poner en sus manos la totalidad de nuestra sanación.
En ocasiones me da risa (una risa con tono amargo) cuando escucho a alguien decir «yo no tengo ningún problema de salud», y no por desearle enfermedad a nadie, sino porque pienso: ¡¿de qué salud me estás hablando?! ¿De esa que se mide en kilos, laboratorios y productividad? ¿O de la salud que atraviesa lo que comemos, lo que respiramos, cómo dormimos, cómo nos movemos, cómo nos sentimos con nuestro mundo interno y externo? Considero que la salud no es una meta, un lugar a donde llegar o algo que sucede solo cuando “enfermamos”, pienso que la salud está más relacionada con la forma en la que vivimos, más que cuánto vivimos realmente. Para mí la salud es todo aquello que integra nuestro estilo de vida, que puede o bien sumar en nuestro bienestar y equilibrio físico/mental/emocional, o bien restar rotundamente en ello, como por ejemplo hábitos como fumar, dormir poco o llevar una vida sedentaria.
Y claro, también hay cosas que restan en nuestra salud y ni siquiera son nombradas o vistas como parte del problema: vínculos que nos drenan, trabajos que nos apagan, ciudades que nos intoxican, sistemas que nos exigen más de lo que podemos dar, guerras y conflictos sociopolíticos a donde voltees… ¿Cómo no vamos a enfermarnos si vivir duele tanto a veces? ¿Si en ocasiones conseguir comida, agua e incluso vivienda digna resulta un reto del día a día?
Por eso me parece importante abrir este espacio como una invitación a reapropiarnos de nuestra salud, a mirar el cuerpo no como una máquina que debe rendir, sino como un territorio sagrado que habla, siente, se mueve y se cansa. Un cuerpo que no solo merece descanso, sino también escucha, ternura, validación. Un cuerpo que no está mal por tener ciclos, por doler, por sangrar, por no ajustarse a lo que el mundo espera de él… un cuerpo que no está roto, sino que requiere atención y cuidados.
Sanar, para mí, también es aprender a escucharnos. Es darnos el permiso de pausar, de llorar, de comer sin culpa, de poner límites. Sanar es hablarle bonito al cuerpo, aunque no se vea como quisiéramos. Es nutrirnos, pero no solo de comida: también de palabras, de amor, de espacios donde no tengamos que esconder quienes somos.
Y si hay algo que me parece urgente, es que empecemos a reapropiarnos de esa sabiduría que nos han querido arrebatar. Las mujeres, históricamente, hemos sido curanderas, parteras, sabias de la tierra y del cuerpo. No hay nada nuevo en querer sanarnos con plantas, con movimiento, con escucha. Lo nuevo fue creer que eso no valía, que era superstición, brujería (según su definición) o ignorancia.
Pero la ignorancia la tienen otros, que siguen pensando que el cuerpo es solo algo que se repara, y no algo que se habita. Que la salud es solo la ausencia de dolor o enfermedad, y no la presencia, escucha y discernimiento de lo que nuestro cuerpo necesita comunicar.
Así que eso vengo a compartir en este espacio: reflexiones, preguntas, palabras que quizás no curan, pero al menos acompañan y quiero pensar, invitan a la reflexión de quien las lee. Porque para mí, habitar el cuerpo con conciencia ya es un acto de rebeldía, y en este mundo que nos quiere enfermas por dentro y por fuera, cuidarnos puede ser también un acto político, uno de los más poderosos si me lo preguntan.
Seguiremos escribiendo, porque cuando el cuerpo habla, hay que escucharlo.

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